Breve historia de oficina

Un día más en la oficina. Abro el ordenador y veo un mensaje de un posible cliente de… ¡Finlandia! El título del mensaje está en inglés. Menos mal, porque no entiendo el finlandés.
Confiadamente, abro el mensaje y en ese momento me doy cuenta de que tengo un problema; al contrario de lo que pensaba, el mensaje está en finlandés.
Llamo a mi secretaria para que me eche una mano, ya que me consta que ha viajado varias veces a Finlandia y entiende algo de finlandés. Mientras viene, me juego la carta de internet y utilizo un traductor automático.

Después de copiar y pegar el contenido, alcanzo a entender que, en el mensaje, el cliente nos pide una propuesta para hacer no sé muy bien qué y una fecha de entrega para la semana próxima. Mi secretaria me confirma que el mensaje trata de eso y me detalla el contenido de lo que nos solicita el posible cliente. Me dice que, si queremos contestar en finlandés, ella no se ve preparada para hacerlo a un nivel profesional. Le creo, porque controla cinco idiomas a la perfección y, si dice que este no está entre esos cinco, será porque es verdad.
Desde hace tiempo y por la crisis, hemos tenido que ampliar nuestra promoción de servicios a nivel internacional. Hasta ahora nos habíamos entendido muy bien con los clientes, ya que los pedidos venían mayoritariamente de países latinos y de países angloparlantes.

Este nuevo pedido nos plantea un desafío, ya que deberemos preparar una propuesta y enviarla traducida al finlandés y en menos de 24 horas. Pongo a mi equipo manos a la obra y tengo sobre mi escritorio una propuesta muy ajustada a las necesidades del cliente cuatro horas después. Ha llegado el momento de buscar un traductor. No problem, pienso. Con las tecnologías actuales, descartando obviamente la de los traductores automáticos, imagino que en 24 horas podremos tener traducida la propuesta y un mensaje para este cliente.

Le pido a mi secretaria que busque un traductor profesional de español al finlandés para enviarle la propuesta y un mensaje que, entretanto, voy preparando. Una hora después, mi ayudante trae malas noticias. Me facilita un listado y me dice que las agencias de traducción más conocidas no disponen de traductores del español al finlandés especializados en nuestro sector de negocio de forma inmediata. Que podrían traducirnos los documentos que necesitamos entre 48 y 72 horas.

Demasiado tiempo, pienso. No obstante, hago la pregunta obvia: «¿Y cuánto nos costaría?» Peores noticias todavía. Algunas de las agencias nos dan unos precios casi inasumibles, y otras ni siquiera nos pueden presupuestar los documentos hasta que no tengan identificado al traductor.
Estoy desilusionado. Tanta tecnología, tanta modernidad anunciada en cada momento y en todas partes, y resulta que, para entendernos a nivel global, pareciera que estemos en épocas de los teléfonos con ruedas de discar.
Pero no todas son malas noticias. En el listado de agencias veo una no muy conocida, llamada Blarlo, que ofrece traducciones online hecha por traductores profesionales.
Probemos. Abro su página web, elijo los idiomas; del español al finlandés. Siguiendo las instrucciones de la página, subo la propuesta y el mensaje que tenía preparado.
Me devuelve un presupuesto, muy razonable, y un tiempo estimado para la traducción, que está muy por debajo de las 20 horas que aún tengo de margen. Añado los datos de facturación de mi empresa y et voilà!

Al irme de la oficina, paso por el escritorio de mi secretaria y le pregunto si ha podido enviar la propuesta a nuestro cliente finlandés; me dice que sí.
Termina otro día, y tengo la sensación de haber hecho las cosas bien.

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